Tirso era un homosexual que vivía con su anciana madre. Oh la la! exclamaba Tirso, única expresión francesa que sabía, cabe recalcar. Madre, tus plantas se están muriendo y desplazaba a la vieja por todas las esquinas de la casona, mostrándole sus helechos en evidente estado de sequedad. Mamita, ya me cansé de pasearte todo el santo día. ¿Tu crees que me divierte gastar mis tacos? Son para mi espectáculo.
Tirso iba soplando el polvo de todos los avejentados muebles, éste le caía a la vieja en la paralizada cara. Mira los pisos madre, están hechos un desastre. Yo creo que ya es hora de que contrates a una doméstica. Tirso volteaba la silla de ruedas para que su madre pudiera admirarlo. Su hijo estaba vestido de geisha. Llevaba puesta una bata fucsia, con mariposas amarillas de vejez. La roída seda caía hasta sus espeluznantes rodillas. Tenía los labios de mismo color que la bata y una peineta de plástico rosada que sujetaba su opaco pelo. Yo creo que ya es tiempo de deciar la pensión de mi padre a dar brillo y opulencia a esta casa. No puede ser que las paredes estén tan resquebrajadas y agrietadas. esta vez prometo no gastarme el dinero en licor. Dichas estas palabras, se llevó a la boca una botella de pisco barato. La anciana trataba de expresar conformidad, con gran esfuerzo, en tanto su perro viejo Ulises, meaba sobre una de las ruedas de la silla. Yo sé que disfrutas secretamente de nuestra decadencia, madre, le decía en voz baja el travesti oriental.
En su adolescencia Tirso había trabajado limpiando pisos en un café teatro. también incursionó como barman en un local de lesbianas, pero al darse cuenta la dueña de que el licor desapare´cia, lo despidió. Finalmente, fue anfitrión den discotecas de ambiente y no pasó mucho tiempo para que surgiera como bailarín de travestis en espectáculos del submundo gay. Un puesto que muchos cabritos de mala muerte anhelaban. Utilizaba mallas, chaquetitas de lentejuelas y algo de maquillaje barato en el rostro para realizar coreografías junto al travesti de moda. Bailar lo era todo en ese momento. Muchos años más tarde, se dio cuenta de que no quería ser un vulgar cabrito. Toscamente, embadurnaba carmín para ocultar aquellas grietas en sus labrios. Difuminaba las sombras en sus arrugados párpados y ponía rubor en sus pómulos flojos. Atomizaba un aerosol de pintura negra y seguramente tóxico a su pelo, pues no podía darse el lujo de pintárselo. Poníase unos aretes de fantasía color dorado que iban de acuerdo con su largo vestido. No tenía muchas tenidas, pero las pocas que aún conservaba las cuidaba, puesto que cada espectáculo para él era su vida y pasión. La Diva era conocida por representar conocidas estrellas de Hollywood. Antiguas, claro. SEÑORAS Y SEÑORES ESTA NOCHE DEMOSLE LA BIENVENIDA A GRETA GARBO.
Caminaba elegantemente por el estrado. Nadie podría decir que su vida era lo contrario. Trataba de no balbucear y mostraba al público una amplia sonrisa. Su tamaño y su flaca contextura lo ayudaban a plasmar el verdadero caché de los artistas que encarnaba. Solo lo hacía feliz el poder brindar un buen show a aquel público sin mundo, sin clase y hambriento de morbo. Gente que huía de su realidad y se sumergía en este antro donde un viejo travesti podía ser la estrella. Una estrella sin luz, una estrella que vivía en la misería y una estrella borracha. La Diva se alcoholizaba en constante pánico a causa de su peor enemigo: El tiempo. Así trataba de olvidar que alguna vez fue joven. Se reincorporaba a sus ensayos practicando dentro de su recámara como si fuera la última noche de su vida, hasta que el acto fuera perfecto. Tenía público. Ulises, ¿te gustan mis tacos? Y a ti, madre, ¿te gusta cómo me he maquillado hoy? Su madre siempre muda. Mamita, seguro querrás preguntarme por qué hoy no estoy disfrazada. La Diva tenía puesta una bata de seda roja. No siempre podré complacerte, madre. La Diva echaba humo por la boca y tiraba las cenizas sobre las piernas de su progenitora. El olor a berrrinche era insoportable y las pugas saltaban de un lugar a otro mientras que su perro defecaba en donde le daba la gana. Entre tacos aguja y pestañas postizas, Tirso tropezaba torpemente por los tragos de veneno que se deslizaban por su garganta entre baile y canto. licor que acomodaba en la entrepierna de la anciana mientras no libaba. Mamita, no creas que he desperdiciado mi plata en este brebaje. El chino de la esquina me lo regaló a cambio de sexo oral.
Todos los sábados por la noche se congregaba un grupo de maricones en casa de Tirso. Trataba de olvidar que eran viejos, feos y patéticos. Vestían pantalones brillosos, de tanto uso, con camisas de imitación Versace, pues eran homosexuales sin mucho poder adquisitivo como para lucir ropa de marca, por lo que los llamaban en el ambiente loquitas bagres. ¿Mamá quieres que te lleve a tu habitación o quieres meterte un par de tiros? La diva empujaba la silla de ruedas riéndose de sus bromas. Cargaba a su madre y la acostaba, la cubría con una colcha sucia y le daba un beso en la frente. la Bendición, madre, le reclamaba antes de salir del cuarto. La vieja murmuraba cualquier cosa, luego Tirso regresaba con sus amigos y secaba la última gota de ron de su botella, esperando a que alguien se animara a compartir su coca. Todos contemplaban la droga, deleitándose mentalmente. Químico, que parecía pastillas chancadas con harina. Sabían que ese polvillo crema les causaría ardor al inhalarlo, porque estaba bien pateada, por más peinada que estuviera. No podían conseguir nada mejor que esa basura así que cualquier polvo les parecía bien. Bueno chicas, por yo ser dueña de casa jolo primera, advirtió Tirso. Préstame tu tarjeta de crédito, le dijo al gordo huahafo que tenía al costado. Todas las locas se rieron porque sabían que no tenían ni tarjeta de presentación. Luego de meterse tiros, ingerir alcohol y hablar incoherencias, decidieron salir.
Bajaron del taxi entre risas y griteríos para anunciar su llegada. Típico en las locas de edad que necesitan atención. En la puerta se encontraban los portieros de la discoteca que se guardaban el derecho de admisión. Cabe recalcar que en el mundo gay existía también esto. Ustedes no entran, les dijo el joven corpulento espantado de las ancianas travestis. Soy la Diva, ellos están conmigo. Era la única manera de que estas loquitas bagres pudieran entrar. Tirso tenía acceso gratis a la mayoría de locales de ambiente con clase y sin ésta. Todos la saludaban con besito y le rendían suma pleitesía. Al cruzar el umbral bajaban cuidadosamente por unas escaleras alfombradas de color rojo, y alumbradas con luz fluorescente. Parecía el injerto de chifa y burdel. Mucho glamour barato, brillo, escarcha, flores de plástico y esculturas coloridas. La música disco iba aumentando en volumen a medida que se aproximaban a la pista de baile y una vez dentro las promiscuas ovejas se disiparon. al menos eran conscientes de que juntas espantaban a la clientela. tirso se apoyaba en una columna y miraba cómo aquellos cuerpos jóvenes y musculosos se contorneaban al ritmo de la música haciendo alarde del gimnasio que pagaban. Politos blancos con manga cero, vaqueros ajustados mostrando los glúteos bien trabajados y mucho gel. El ambiente estaba cargado de hedores, humo, sonrisas seductoras, ojos desviados, poros abiertos, caras grasosas y cuerpos sudorosos chocando unos contra otros, sumergiéndose en esta grotesca sopa de fluidos. La Diva esperaba cautelosa, para dar rienda suleta a sus más bajos instintos.
Las horas pasaron y el alcohol había hecho efecto. Tirso no le había quitado la mirada a aquel cuerpo monumental que , caminando en zigzag, abrazaba a los presentes para no caerse. Era hí que entraba en acción. La tarántula arrastraría al escarabajo a su nido, un lugar oscuro y lúgubre, una esquina donde le metería la lengua dentro de la garganta, como consecuencia de una excitación excesiva. Pues besar a un joven guapo y borracho no era pan de todos lo días. Tirso atacaba a los que ya no podían mantenerse de pie y mejor aún, si habían perdido el conocimiento La diva se acordaba de que no muy lejos habían hotelitos de una estrella que, sin embargo, no podía pagar. Entonces, cargaba con la presa hasta su casa. Una vez en su habitación postró al joven sobre su cama. Lo desvistió con dificultad, temeroso de que éste despertara y lo golpeara. Ese jean ajustado no era tan fácil de sacar. Le quitó las medias y le lamió cada uno de los dedos del pie. Una vez que su víctima se encontraba desnuda, acarició sus pectorales y comenzó a olfatear el aroma de la juventud, aquella que en algún momento tuvo. Pasaba nerviosamente sus manos por las entrepiernas del desmayado hasta llegar a los genitales. Cogió con ansiedad los testículos estrejándolos con miedo. se aferró a ellos sabiendo que pronto desaparecerían de sus manos. Era denigrante tener sexo con un hombre inconsciente, pero más denigrante aún, era no tner sexo.
Esto amerita un trago, se dijo, mientras admiraba la carne fresca. Abrió una lata de galletas y sacó una botella pequeña de ron. Sorbió ansoso y se fue desvistiendo dejando a la intemperie su cuerpo disecado. Tenía el pellejo pegado al hueso, parecía un perro callejero mal nutrido. Su vello púbico era canoso y sus testículos estaban descolgadísimos. Se arrodilló sobre la cama con dificultad y miedo a caer sobre el adonis durmiente. Mojó sus labios con saliva para no lijar la piel del muchacho y besó su blanco y lozana piel. Esto es rico, se decía mientras seguía lamiendo todas las cavidades de ese maravilloso cuerpo. Tirso deseaba quedarse con él para siempre. Cerraba los ojos y pensaba en piel tersa, genitales firmes y un rostro fresco. No deseaba despertar para toparse con su sórdida inmundicia, su degradante vida y la utopía de algún día encontrar a una pareja. Qué asco, moriremos locas y solas, se decía aterrado en tanto volteaba morbosamente a su víctima. No veía las horas de meter su semi flácido miembro. a medida que arremetía contra su víctima, el somier del colchón comenzaba a chirrear, arrullando a su madre. Deseaba que ésta pudiera vocalizar, para que le diera su aprobación de cuanto hombre metía a su descuidada casa. entre que metía y sacaba el falo pensaba lo lindo que sería tener una pareja estable que lo acompañe hasta el final de sus días y le limpie el culo y le seque la boca cuando las babas se le cayeran, aunque pronto moriría de cirrosis. Una pareja que lo ayude con su madre y le sea fiel. Qué idiotez, se decía, ¿qué estoy pensando? Todas las locas somos promiscuas y putas. No existe el amor homosexual. Yo creo que mi mamita no maldice su útero por haberme parido, y ahogó un grito quedando tendido sobre el dorso del joven. Las gotas de sudor corrían por su frente y mojaban el cuello del sodomizado.
Al día siguiente, en medio del vaho, La Diva admiraba su triunfo mientras fumaba un cigarrillo en señal de satisfacción. Se había puesto una bata gris otrora negra. Lo que había sido un cadáver en vida se iba recuperando, desencogiéndose de a pocos y postrándose al borde de la ruidosa cama. Al ver a un viejo repulsivo con una mirada relajada cerró los ojos y los volvió a abrir con la esperanza de que fuera una pesadilla. El viejo continuaba ahí sentado. El joven vomitó y luego le preguntó: ¿Me invitas un cigarrillo? su brazo se estiraba tembloroso. ¿Qué me ha pasado? ¿Qué me has hecho? y trataba de prender su cigarrillo con un encendedor de bailarina de ballet que Tirso le había alcanzado. Nada que no quisiera, respondió la Diva expeliendo el humo con caché. ¿Cuántos años tienes ah? seguro que unos 80. ¿Qué asco! ¿No te da vergüenza aprovecharte de los borrachos? Y terminó escupiendo al piso. La Diva lo miró de reojo y le dijo Estabas más ebrio que yo y recuerdo que me disjite que por un par de tiros le entrabas a todo. Así silenció al atrevido. ¿Y aún te queda algo? preguntó ansioso el muchacho. Como respuesta, Tirso le fue alcanzando su ropa. La diva sacó un billete que tenía escondido dentro de una pantimedia. Lo metió con sus propias manos en el bolsillo posterior del jean, para poder, asi, sentir por última vez el prominente glúteo del flete.
Tirso se tiró sobre su cama. Esta aún olía a sexo. Respiro fuertemente uno y otra vez sabiendo que el aroma del joven se desvanecería pronto. Luego, prendió otro cigarro. Ulises se había echado a su costado, rascando sus pulgas. La soledad atormentaba al travesti. Por la puerta se acababa de ir aquella juventud que había traído a su noche placer y éxtasis. era cierto que no siempre se encontraba un borracho bonito. Tirso observaba las telas de araño en el techo de su cuarto recordándole la falta de una doméstica. sabía que cualquier víctima que amaneciera en ese cuarto jamás regresaría y menos después de verlo a él. Definitivamente, tirso no era una figura para ver calato a primera hora de la mañana, ni de la tarde ni de la noche. Ulises comenzó a jalarlo de la bata con sus dientes, recordándole que er hora de la rutina diaria. La Diva se puso de pie y se fue a la habitación contigua. Cargó a su madre y la puso en la silla de ruedas.
Madre, hoy día me da flojera bañarte, estoy con resaca. Sólo habrá paseo.
martes, 2 de febrero de 2010
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